Actualidad, Colombia, Política

Colombia merece respeto: el lenguaje del poder no puede degradar la dignidad ni desviar la verdad

En los momentos de mayor dificultad es cuando se revela la verdadera dimensión del liderazgo. Colombia atraviesa uno de esos episodios que exigen templanza, empatía y, sobre todo, responsabilidad institucional. El accidente del avión C-130 Hércules en Puerto Leguízamo, Putumayo, no es un hecho menor: es una tragedia que interpela al Estado, que exige respuestas claras y que debería convocar a la unidad nacional. Sin embargo, lo que hemos visto es un escenario distinto, uno que preocupa profundamente.

El presidente Gustavo Petro, en lugar de centrar la conversación en las causas del accidente, en las condiciones de las aeronaves o en las garantías de seguridad para nuestros hombres y mujeres de la Fuerza Pública, optó por desviar el debate hacia la confrontación personal. Sus declaraciones contra figuras como la exalcaldesa Claudia López y la senadora María Fernanda Cabal no solo resultan desafortunadas, sino que envían un mensaje equivocado en un momento en el que el país necesita altura, no agresión.

Aquí no estamos hablando de una simple diferencia política. La crítica es parte esencial de la democracia, y quienes ejercen el poder deben estar preparados para responderla con argumentos, con datos y con respeto. Lo que no puede normalizarse es el uso del lenguaje ofensivo, descalificador y estigmatizante desde la más alta dignidad del Estado. Cuando el poder utiliza la palabra para dividir, pierde su esencia de servicio.

Colombia no puede aceptar que, en medio del dolor, se cambie el foco de lo importante. Hoy las preguntas son otras: ¿en qué estado se encuentran las aeronaves de la Fuerza Aeroespacial? ¿Qué decisiones se han tomado en materia de mantenimiento? ¿Existe una desfinanciación que esté comprometiendo la seguridad de quienes arriesgan su vida por el país? Estas son las respuestas que los colombianos esperan, no discusiones personales ni calificativos que solo profundizan la polarización.

Preocupa, además, que se pretenda trasladar la responsabilidad hacia administraciones pasadas sin asumir con claridad el deber de gobernar en el presente. Gobernar implica tomar decisiones, asumir consecuencias y responderle al país con transparencia. No es mirar constantemente hacia atrás, es hacerse cargo del ahora con determinación y sentido de Estado.

Y hay algo aún más delicado: el tono utilizado frente a mujeres líderes en la política nacional. Colombia ha avanzado, con esfuerzo, hacia una mayor participación femenina en los espacios de poder. Retroceder en ese camino, a través de expresiones que descalifican y deshumanizan, no solo es inaceptable, sino que contradice los principios básicos de respeto e igualdad que deben regir la vida pública.

El país necesita líderes que entiendan que el lenguaje construye realidad. Que cada palabra pronunciada desde la Presidencia tiene un peso institucional, político y social. Que no se puede gobernar desde la confrontación permanente, ni mucho menos desde la descalificación personal. Colombia necesita serenidad, necesita responsabilidad, necesita un liderazgo que convoque y no que fracture.

Hoy más que nunca debemos recordar que las tragedias no son escenarios de disputa política. Son momentos de solidaridad, de reflexión y de acción responsable. Son oportunidades para fortalecer las instituciones, no para debilitarlas con discursos que dividen.

Este no es un llamado menor. Es una exigencia legítima de millones de colombianos que creen en el respeto, en la institucionalidad y en la dignidad del debate público. Porque el poder no es un privilegio para atacar, es una responsabilidad para unir.

Colombia merece un liderazgo que esté a la altura de su gente. Un liderazgo que responda con hechos, que escuche con respeto y que entienda que la verdadera fortaleza no está en la dureza de las palabras, sino en la capacidad de construir país en medio de las diferencias.