Actualidad, Colombia

Armero revive su memoria colectiva a 40 años de la avalancha que lo borró del mapa

Cuatro décadas después de la tragedia que destruyó Armero, el antiguo municipio tolimense volvió a llenarse de voces, pasos y homenajes. Este jueves, sobrevivientes, familiares de víctimas y delegaciones oficiales recorrieron el lugar donde alguna vez existió una de las poblaciones más prósperas del Tolima, hoy convertida en un vasto territorio marcado por el silencio y la memoria.

Aunque el lugar permanece deshabitado desde 1985, la conmemoración del 13 de noviembre transformó por un día el paisaje: vendedores ambulantes, visitantes con sombrillas y filas de carros estacionados recrearon, de forma simbólica, la vitalidad que distinguía al municipio antes de su desaparición.

El desastre ocurrió cuando la erupción del Nevado del Ruiz generó el deshielo del cráter Arenas, alimentando los ríos Gualí y Lagunilla hasta convertirlos en un torrente devastador que arrasó con casi toda la población. Pese a que la caída de ceniza alertó a los habitantes, la falta de información clara impidió una evacuación oportuna. El país tardó horas en dimensionar la magnitud de la tragedia que dio la vuelta al mundo.

Un día de homenajes y reflexiones

Las ceremonias oficiales estuvieron encabezadas por el Gobierno nacional y varias entidades, entre ellas el Ministerio de Cultura y la UNGRD. La misa central, realizada en la tarima principal, reunió a decenas de fieles que, bajo un sol intenso, recordaron a sus seres queridos y se acercaron a la estatua de Juan Pablo II, símbolo de la visita que el pontífice hizo al lugar un año después del desastre.

En un acto que ya es tradición, un helicóptero de la Fuerza Aérea arrojó pétalos de rosa sobre las ruinas del antiguo pueblo. Muchos visitantes los recogieron del suelo con reverencia, mientras registraban el momento con sus teléfonos.

Las ruinas, sin embargo, también evidenciaron el abandono. Paredes cubiertas de musgo, aceras ocultas bajo la maleza y estructuras que apenas se distinguen entre la vegetación revelan las dificultades para conservar el lugar como sitio histórico.

Voces que guardan la historia

Ismael Quiroga, uno de los sobrevivientes, regresó para retocar la lápida dedicada a varios de sus familiares. Mientras mostraba las cicatrices que la avalancha dejó en su cuerpo, lamentaba que el territorio no reciba el mantenimiento necesario para honrar la memoria de quienes murieron allí.

También destaca el trabajo de personas como Yaneth Rivera, quien creó el “Sendero de la fe”, un recorrido con imágenes religiosas pintadas en árboles, inspirado en los diez familiares que perdió. Para ella, aunque la conmemoración trae algo de alivio, la falta de atención estatal sigue siendo evidente.

En contraste, la familia Bohórquez Silva vive un recuerdo diferente: su casa fue una de las pocas que no fue alcanzada por el lodo, y ninguno de sus miembros resultó herido. Hoy regresan con frecuencia, no para lamentar, sino para reencontrarse con el lugar donde crecieron. Su padre, ya mayor, aún se sienta en lo que fue la acera de su casa como si el tiempo no hubiera pasado.

Un territorio que insiste en ser recordado

A 40 años del desastre, Armero sigue siendo una herida abierta y un recordatorio sobre la importancia de la prevención y la memoria. Entre ruinas cubiertas de vegetación y relatos que sobreviven gracias a sus protagonistas, el antiguo municipio continúa siendo un punto esencial para comprender una de las tragedias más profundas del país.